CURIOSIDADES EN SAN TELMO
Turismo y nostalgia en Plaza Dorrego
En la feria que se lleva a cabo cada domingo de 10:00 a 17:00 conviven antigüedades, turistas, y todos los clásicos porteños: desde la música hasta la oferta gastronómica. Un paseo no apto para melancólicos.

Antigüedades
En Defensa y Humberto 1º hay un lugar que no cede al olvido. Se trata de la feria de Plaza Dorrego, ubicada en pleno corazón del porteño barrio de San Telmo. Cada domingo sin excepción 270 puestos despliegan orgullosos la más variada gama de antigüedades: dedales, vajilla, bijouterie, fotos, figuras de porcelana e incluso coloridos sifones de soda.
La circular plazoleta está rodeada por bares con menús bilingües y mesas atiborradas de mapas y copas de vino. Un domingo del mes de abril todos los puestos estaban ya listos para recibir a la horda de turistas y curiosos locales que cada fin de semana inundan el lugar. El trajín comienza a las 10:00 y hasta las 17:00 hay tiempo para recorrer y comprar.
Todos los idiomas paseaban por la feria: inglés, italiano, alemán, francés. Sin embargo, la comunicación no pareciera ser un impedimento: “Y… nos arreglamos… un vecino, el otro, uno sabe, el otro no…” , Dijo Angélica Romero, una mujer de unos 50 sufridos, de piel curtida y tono exhausto.
La música sonaba de fondo y a las 15:00 empezó el show. Los visitantes formaron un semicírculo inestable y apretujado mientras un hombre y una mujer se preparaban para bailar. Ella lo peinaba a él, Él tomaba gatorade. La música ya sonaba. “Its a behind the scene production”, bromeó un turista listo para el safari, con lentes oscuros y cámara Nikkon al cuello: en San Telmo no hay telón que valga.
El bailarín portaba con impunidad una sonrisa picaresca y atrevida, se movía frenético y siempre preciso. Ella ostentaba un rodete, aros, y tacos altos plateados de noche. La masa de gente a su alrededor aplaudía anhelante al final de cada pieza: primero una chacarera y después un tango. Cogotes estirados y puntas de pies. Cámaras urgentes, “excuse me” y aplausos q dejaban caer pertenencias, en esta feria también la curiosidad mata al gato.

Tango
Además de los bailarines la plaza posee otros personajes recurrentes. “Chiken 3,90 c/u – One dólar“, rezaba el cartel de un hombre de unos 60 años, con camisa bordo y boina negra. Su mercadería es un tributo a la viveza criolla. Una veintena de pequeñas gallinas hechas a fuerza de cartón y poxi pendían de su mano. Al tirar de los piolines que de ellas pendían un cacareo bastante verosímil alborotaba a los transeúntes: “¿No se consigue en Europa esto, no?”, le preguntó orgulloso a una turista que ni lo miró.
Más adentrados en la plaza y ocultos detrás de telas, varas de hierro y cacharros varios los vendedores se veían atosigados por el calor. Los clásicos parecían ser la ensalada de fruta, las empanadas de carne cien por ciento caseras, alguna gaseosa bien fría y el eterno pucho. Lejos de ser políglotas, se desmadraban por explicarles a los confundidos extranjeros la unicidad de tal o cual muñeca o la rareza de algún material.
“Todo se puede mirar tocar y también llevar”, aclara Ashkco Iana con una sonrisa compradora. Ashkco es aborigen, su lengua natal es el quechua y no sabe leer ni escribir, pero asegura que charlar con gente de todos lados lo nutre. Y en eso tiene razón, si hay algo que no falta es diversidad.
A eso de las 16:30 los primeros vendedores empezaron a enrollar arpilleras y mover caños. Con devota atención una anciana envolvía en papel de diario los objetos que todos los domingos expone en su puesto: “Si se rompe no hay otro” asegura ceñuda. En este rincón de la ciudad no hay reemplazos ni copias, hay historias y testigos. “Hay que venir con más tiempo” le reprocha un corpulento señor a su mujer. Es que cuando de perderse en el tiempo se trata el reloj nunca fue útil.
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